De trabajar en el hospital a la enfermería offshore: una charla sobre salud mental, maletas hechas y la libertad de cuidar fuera de lo común.
Tamara González (@enfermera.sin.rumbo) es el ejemplo vivo de que existe vida (y mucha) más allá de las paredes de un hospital. Tras años de ritmo frenético en el Reino Unido y un punto de quiebre que lo cambió todo, decidió que su bienestar no era negociable. Hoy, su oficina puede ser una plataforma en alta mar, un avión ambulancia o una expedición en la Patagonia. Hablamos con ella sobre la crisis de identidad, el miedo al cambio y la necesidad de recordar que no todas tenemos que encajar en el mismo molde.
IDENTIDAD Y CAMINO
ENFERMERA EN APUROS: Para quien no te conozca, ¿quién es Tamara y a qué te dedicas actualmente?
TAMARA GONZÁLEZ: Soy española, aunque después de tantos años fuera digo que soy “britañola”. Tengo 37 años, soy inquieta, aventurera y enfermera. En los últimos años he trabajado sobre todo en entornos remotos: offshore, plataformas o barcos de construcción en alta mar. También he dado formación, he trabajado en entornos agrestes y hago repatriaciones internacionales, tanto en vuelos comerciales como en avión ambulancia.
EEA: ¿Cómo empezó tu camino en enfermería? ¿Sentías que algo no terminaba de cuadrar?
T.G: Empezó, curiosamente, por casualidad. Yo de pequeña decía que no sería enfermera ni de broma. Me gustaba muchísimo la naturaleza, el mar... Pero no saqué la nota para Biología. Conocí a un compañero voluntario en Protección Civil, entré en el SAMUR como técnica y me gustó muchísimo. Ahí decidí tirar por Enfermería. Pero la verdad es que ya desde la carrera sentía que no encajaba del todo. Me gustaba el movimiento, lo prehospitalario, pero no me veía en la enfermería hospitalaria tradicional. Seguí adelante por pura cabezonería.
EEA: Te mudaste a Reino Unido con 24 años. ¿Cómo fueron esos primeros años?
T.G: Fueron duros. Llegué pensando que sabía inglés y me di cuenta enseguida de que una cosa es “saber inglés” y otra muy distinta trabajar con terminología técnica. Empecé en una residencia, me fui adaptando y poco a poco fui haciendo cosas distintas: repatriaciones, formación... El camino fue duro, pero me permitió ir encontrando otras maneras de ejercer.

EL PUNTO DE QUIEBRE
EEA: Entraste en una dinámica de trabajo constante. ¿Cuándo notaste que algo no iba bien?
T.G: Si te soy sincera, no lo noté a tiempo. O quizá lo ignoré. Yo estaba en modo hacer, hacer, hacer. Estaba sola en un país nuevo y acabé centrándome casi exclusivamente en trabajar; para mí eso era sinónimo de avanzar. El problema es que llevaba años quemando cartuchos sin darme cuenta.
EEA: ¿Qué pasó para que llegara ese punto de ruptura?
T.G: Se juntaron muchas cosas. Muchísimo trabajo, falta de personal, presión constante, un médico que nos hacía bullying y problemas personales. Fue como un dominó. Y de la noche a la mañana caí. Pasé de estar “funcionando” a no poder más. Fue durísimo, pero también creo que fue lo mejor que me podía haber pasado. Si no hubiese petado así, probablemente habría seguido muchos años más sobreviviendo en automático.
EEA: Hay una frase tuya muy potente: “Ningún trabajo vale más que mi salud mental”. ¿Cuándo la interiorizaste de verdad?
T.G: Cuando la perdí. Antes lo puedes decir y queda bonito, pero de verdad lo entiendes cuando llegas a ese límite. Yo aprendí esa lección a las malas. Y por eso ahora intento que la gente la aprenda antes de llegar a ese punto.
"Si no hubiese petado así, probablemente habría seguido muchos años más sobreviviendo en automático, siendo funcional pero no viviendo de verdad."
REINVENTAR LA PROFESIÓN
EEA: ¿Te costó decidir que la enfermería clínica tradicional no era para ti?
T.G: Sí y no. No me costó porque tenía clarísimo que no podía seguir así. Pero sí me costó a nivel de identidad. Fue una crisis muy fuerte: si no soy “Tamara la enfermera” tal y como lo he sido hasta ahora, entonces ¿quién soy?
EEA: ¿Qué tipo de trabajos "fuera de lo común" has llegado a hacer?
T.G: He trabajado en entornos offshore, en barcos y plataformas; he hecho repatriaciones internacionales; he trabajado en un equipo civil de apoyo en operaciones militares en África; he estado en el Mundial de Qatar; he trabajado como enfermera a caballo en Patagonia y en expediciones de buceo en Belice. Diría que soy una enfermera fuera de lo convencional. Todo lo que no sea hospital… dámelo.
EEA: ¿Cómo es tu día a día siendo la única sanitaria a bordo de una plataforma?
T.G: Haces muchísimas cosas que no son lo que la gente imagina: controles del agua potable, inspección de la cocina, revisión de equipos de emergencia, simulacros con equipos de rescate... Lo más difícil es que tu cabeza nunca desconecta del todo. Duermes sabiendo que en cualquier momento puede sonar el teléfono o la radio y ser nada… o ser todo.
LUCES Y SOMBRAS
EEA: ¿Qué parte de esta vida no se ve en Instagram?
T.G: Que es muy inestable. Soy autónoma, no siempre sabes cuándo vas a trabajar. Vives con las maletas hechas y eso agota. Muchas veces vuelvo a casa solo a cambiar una maleta por otra. Por eso para mí es importante tener mi casa en Reino Unido; un sitio al que llamar “casa”.
EEA: ¿Qué te compensa para seguir eligiendo este camino?
T.G: La libertad. La posibilidad de elegir cuándo trabajo y cuándo no. Parece un cliché, pero la vida son dos días y necesito sentir que no gira todo en torno al trabajo. Quiero trabajar en algo que me guste, pero sin perderme a mí misma en el proceso.
EEA: ¿Qué le dirías a una enfermera que siente que no encaja en el hospital?
T.G: Que escuche esa voz interior. Es jodido sentir que no encajas, pero no todas tenemos que ser iguales. Y no pasa nada por querer salirte un poco del camino. El cambio da miedo, pero si lo tienes claro, hazlo. Lo peor es quedarse con las ganas. Lo importante es no quedarte quieta por miedo.
"En sanidad está muy metida la idea de que siempre tienes que estar corriendo, cuidando, produciendo. Y si paras, te incomoda."

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